jueves, 22 de noviembre de 2007

Curioso encuentro en Calle

Aquella mañana la ropa que habíamos lavado el día anterior apareció completamente mojada. Utilicé las pinzas e imperdibles para colgar de la mochila los calcetines y la camiseta (los gayumbos preferí no exponerlos a la vista) y bajamos a desayunar sobre las 8.
Martin, que a pesar de no conocer a Mecano, seguía en cama con el "hoy no me puedo levantar" y otros quejidos similares. Las granadinas intentaron, sin éxito, que continuara. Pero el debía estar muy hecho polvo para andar. Y supongo que vería también un oportunidad inmejorable de escapar del marcaje y excesiva tutela de las buenas, pero pesaditas mujeres.
Todos andábamos algo tocados, tras el palizón del día anterior. Y fuimos saliendo de Arzua con cierta lentitud. Los alrededores del pueblo eran mucho mas atractivos que aquella aburrida población. Recuerdo que iniciamos una subida (una de tantas) y poco a poco nos fuimos viendo rodeados de una espesa niebla. Me quedé algo rezagado al contestar una llamada de mi mujer MªDolores, mientras veía Arzua a lo lejos, en medio de un precioso valle que la bruma tapaba parcialmente.
Reintegrado al grupo, ví que Rafael, cansado de las conversaciones de las mujeres, había tomado las de Villadiego y andaba en cabeza. No es que me apasionara la cháchara de las granadinas, con lo que intenté alcanzarlo. Yo cuando voy fastidiado, necesito andar también en solitario y no gastar mis energías entrando en conversaciones de marujas. Me fue imposible alcanzarlo, señal de que el no iba tan tocado.
A la altura de Calle, cuando llevábamos algo más de una hora de camino, se puso a llover y fuerte. Me puse bajo un enorme castaño, saqué mi poncho, y me dispuse a colocármelo. Tratar uno mismo de encasquetarse aquella prenda resulta harto difícil. Ahí estaba yo, haciendo increíbles piruetas, sin conseguir mi objetivo, cuando apareció un joven de unos treinta años, alto, delgado pero fuerte, con gafas, y además español, ya que todo lo que pasaba por ahí ocasionalmente eran extranjeros. El chico se debió apiadar de mi. O pensaría: voy a ayudar al gilipollas este, o no llegará nunca a Santiago. Algo así, pero el caso es que se acercó y me ayudó a que aquel extenso hule me tapara perfectamente cuerpo, mochila y tenderete de ropa. Practicamente no cruzamos palabra. El saludo, la despedida, mis infinitas gracias y entremedias, tal vez alguna frase de compromiso. Continuó su camino sin más, y un minuto mas tarde reiniciaba yo la marcha, para ver que el chaparrón no había durado mas que eso, cinco minutos, y que tras un recodo del sendero aparecía un bar, donde Rafa esperaba sentado en la terraza con una enorme jarra de cerveza y habiéndose ahorrado la calada.
Aquel joven que me ayudó, del que olvidé pronto su fisonomía, no hizo más que hubiera hecho cualquier peregrino, contagiado del espíritu solidario que impregna el Camino de Santiago.
He vuelto sobre aquel incidente por que fue uno de los episodios mas extraños, más curiosos, y a la vez entrañable e impactante para mi, que me ha sucedido a lo largo de estos años.
Fue mas de un año después, en Octubre de 2005. Mi esposa había cambiado de trabajo dejando la Notaría en que trabajaba, para hacerlo en un bufete de abogados urbanistas, de lo más prestigioso de Alicante. En aquel despacho, donde trabajan más de 10 abogados, tres de ellos eran los socios principales. El caso es que una de las jóvenes abogadas contraía matrimonio y fuimos invitados a la boda. En el banquete fuimos ubicados en una mesa, donde uno de los tres socios conversaba con un importante cliente. La conversación versaba sobre el Camino de Santiago. No pude aguantarme, y comenté que yo también hacía el Camino. El joven abogado se me quedó mirando durante unos segundos, y de pronto me dijo que le sonaba mi cara, que posiblemente me conocía del Camino. Fue en una fracción de segundo, pero me volvió a la memoria aquel chaparrón en Calle. Lo suficiente para recordar, y reubicar a aquel mismo joven, ahora con traje y corbata.
"Tu me ayudaste a colocarme el poncho bajo un roble en Septiembre de 2004 en Galicia"
Mi cara debió ser idéntica a la suya. Sorpresa, incredulidad por la coincidencia, alegría por la confirmación de que así era. Resultó que aquel joven que me ayudó hacía mas de un año al borde de un sendero, a mas de mil kilómetros de nuestros lugares de origen, era no solo de Alicante, sino que resultaba ser compañero de mi mujer, en realidad uno de sus jefes. Y rizando el rizo, que además hubiéramos coincidido en la misma mesa, y que nos acordáramos el uno del otro, por aquel simple detalle a pesar del tiempo transcurrido.
Con carne de gallina, me levanté, nos levantamos ambos, y nos dimos un abrazo llenos de alegría, ante la curiosidad del resto de los de aquella mesa.
Pero a los postres, después de haber hablado de nuestros días en la peregrinación, tuve de nuevo un retazo de recuerdos de aquellos días. Se me encendió la bombilla como suele decirse, y le pregunté en que hotel se había hospedado en Compostela. Rafael, que así se llama, se me quedó de nuevo mirándome. Debió ocurrirle como a mi un rato antes, por que de pronto me contestó: "en el mismo hotel que tu, el Aires Nunes, en la habitación contigua a la tuya".
Había vuelto a suceder. Recordamos los dos, casi al mismo tiempo, que uno de los días en Santiago habíamos coincidido, yo saliendo de mi habitación, el abriendo la puerta de la suya, con un simple buenos días entre los dos. De nuevo la enorme coincidencia nos golpeaba, y la alegría se hacía mayor.
Sé que Rafael no ha abandonado su afición al Camino, y que cuando dispone de tres o cuatro días de vacaciones, o necesita recuperarse del estress del trabajo diario, toma un avión y se pone a andar por esos senderos. Sin duda, un enganchado más al Camino.

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