miércoles, 31 de diciembre de 2008

Yo... y las calabazas

Ya pronto se cumplen dos meses desde la recaída de Gambin. Los bichos a su aire,... y sus médicos parece que aún no tienen prisas. Por lo visto siguen probando... ! con un maniquí...¡ Tengo yo aquí un muñequito de trapo y unas agujas... me falta ponerle un cartel con el nombre del médico ese del maniquí... ¿Y sabéis donde clavaría la primera aguja...? Sí... habéis acertado... Ahí mismo, ... donde mas duele. !! Increible... Inhumano... Inaguantable... Enervante...¡¡
Pero acabaremos el año con buena cara y espíritu positivo... y porque no creo mucho en eso del Vudú... que si no....

Nos quedabamos el día anterior en una carreterilla, a poco mas de un kilómetro de Santibañez de Valdeiglesias (demasiado nombre para tan poco pueblo...) El café de dos pueblos atrás ya era historia, y fundé todas mis esperanzas en que, ora el señor Santibañez, o bien Don Valdeiglesias, hubieran tenido la genial idea de montar un bar en el pueblo... aunque hubiera sido pequeñito... Nos animamos a andar algo mas rápidos ayudados por la carreterilla, que ya nos llevaba cuesta abajo, y saboreando ya el imaginario almuerzo. No sé si he dicho con anterioridad que las cuestas abajo son mi especialidad. Que cuando bajo, incluso mi semblante nota la felicidad y todo él adquiere un tono optimista y sonriente. Muy diferente a cuando hay subidas, en que me muestro huraño, cariacontecido... como enfadado y sufriente.
! Pues eso ¡ Que con cara de gilipollas, muy sonriente, sin pensar en que aún nos quedaban mas de 10 Kms hasta el final de etapa, caminaba yo despreocupado.
Pero tras un centenar de metros, a un lado de la vía, vi un enorme sembrado del que sobresalían unas grandísimas hojas que crecían a ras del suelo, y cada cierto tiempo, unos bultos amarillos. No soy de naturaleza excesivamente curiosa. Mucho menos cuando se trata de hortalizas. Pero en esta ocasión debo reconocer que me picó la curiosidad, y olvidándome momentaneamente del café en el pueblo me interné entre aquellos surcos intentando adivinar que cultivaban allí, y saber que eran esos frutos amarillos, con diferentes formas casi redondeadas, mas bien oblongos y tan sospechosos.
Primero pensé que eran pepinos. No. A no ser que existieran pepinos de mas de un kilo la pieza. Luego que si melones. Tampoco por aquellas formas extrañas. Me di cuenta que yo, si no es en las estanterías del Mercadona, con el cartel del precio y el nombre delante, como que no... que soy un negado para esas cosas. Me fui adentrando en aquel campo, fotografiando a diestro y siniestro cada una de las verduras, cada vez mas extrañado.
Mis dos vascos me miraban desde la carretera... incluso pude observar que Esperanza le hacía la inequívoca seña al marido de que yo estaba como una regadera. Ya sabéis... moviendo un dedo a la altura del coco. Me estaba poniendo en evidencia y volví sobre mis pasos un tanto frustrado. Cuando llegué a su altura, por cierto... con barro hasta las rodillas, me preguntaron qué es lo que hacía mirando calabazas. ! Calabazas...¡ Efectivamente... mas o menos donde habían estado esperándome mis dos amigos, en un nuevo sembrado, se enseñoreaban al sol, ya completamente formadas, a punto de su cosecha, tal y como yo las recordaba del cuento de Cenicienta, unas magníficas... casi gigantescas calabazas de al menos 20 kgs cada una. Ideales para hacer carrozas de princesas... y además... en un terreno bien seco y sin pizca de barro.
Poco a poco alcanzamos las primeras calles del pueblo... a mi aún no se me había pasado el berrinche del barro, las princesas, las hadas buenas y las carrozas... a lo que se unió que en aquel pueblo olvidado de la mano de Dios, nadie había tenido la delicadeza de ponerme un bar en medio de mi camino. Y si lo hubíese... no habían tenido la ocurrencia de abrirlo o al menos señalizarlo.
Anduvimos por callejuelas qué, si no hubiera sido por mi momentánea desesperación, me hubieran resultado encantadoras. La tranquilidad y el silencio que reinaban en aquel pueblo era sobrecogedor. Las casas aún, en su mayoría, de adobe y paja como en los pueblos anteriores a la capital, León, y solo algún que otro anciano andando por las rúas, sin duda hacía el Hogar del Pensionista o tal vez a vigilar sus campos de calabazas y espantar a garrotazos a estúpidos peregrinos que estuvieran pisoteándoselos.
La Iglesia del pueblo, al igual que los bares, cerrada a cal y canto. Otro tanto pasaba con el albergue parroquial. Y ante tanto aburrimiento y tanta desidia por parte del personal de aquel villorio, optamos por continuar con nuestra etapa sin detenernos lo mas mínimo.
Para mejorar la dudosa imagen del pueblo, o tal vez para que los posibles turistas escamparan a la carrera hacia otros lugares, Santibañez de Valdeiglesias nos despidió con un nauseabundo olor, efluvios apestosos de algunas granjas de vacas que había a la salida.
! El puto campo en todo su esplendor ¡

3 comentarios:

Anónimo dijo...

BELISSS.... ANNNIO....UUUUUEVO..,JHOÉ.

Anónimo dijo...

Very good!

Anónimo dijo...

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