miércoles, 12 de diciembre de 2007

Regreso a casa

Como un zombie me levante de la cama aquella mañana. Aun me quedaban dos horas para el tren pero no podía demorarme mucho. Una buena ducha, terminar de hacer la mochila, y salir a desayunar fue lo primero del día. Tuve la precaución de comprarme unos bocadillos para el viaje de casi 11 horas que me esperaba, y aun tuve la ocurrencia de pasarme por la Catedral, para un breve rezo y prometerle al Apóstol que, a no tardar, volveríamos a vernos. La experiencia había sido estupenda y ya en aquellos momentos sabía que no iba a ser mi ultima salida al Camino de Santiago. Debía de madurarlo, pero la determinación estaba tomada.

Regresé rápidamente al hotel, conseguí no olvidarme de los percebes y cargue con ellos, y bajé para pagar mis estancia en el hotel y que me pidieran un taxi. Finalmente compartí el taxi con una peregrina jovencita de Madrid y tras un buen paseo en el coche llegamos hasta la estación. Cuando el tren, a su hora, salía de Santiago, pude ver por las ventanillas las torres de su Catedral, y en ese momento empecé ya a sentir la morriña de los gallegos cuando dejan su tierra. Pena por dejar aquellos paisajes y aquella simpática ciudad en la que tan bien lo había pasado aquellos días.
Pero también sentía alegría por volver a mi casa y volver a ver a los mios. En especial a MD a la que había echado mucho a faltar. Casi sin querer, me puse a pasar revista a aquella maravillosa semana. Esta si había sido Una Semana Fantástica, y no la del Corte Ingles.


Me sorprendí recordando como había andado a veces, ensimismado en mis propios pensamientos, y de como en mi mente era como si hablara con MªDolores, mi mujer, y le fuera comentando este paisaje, aquella cuesta pronunciada, cuidado con esa vaca, no pises la cagada del pobre animal... sin duda era una necesidad que tenía de haber podido compartir con mi compañera aquellos felices y singulares momentos. Recordando aquellas peripecias hasta las cagadas de vaca me parecían magníficas (al menos enormes). Incluso los kilómetros extras que había tenido que recorrer para recoger mi bordón olvidado en la ultima parada realizada, desandando lo avanzado, se me antojaban graciosos y bien aprovechados.

No estaba en absoluto arrepentido de haber iniciado aquella aventura que ahora tocaba a su fin. Bien al contrario, hubiera deseado en esos momentos haber podido continuar muchos mas días. Que lejos tenía ahora aquellas dudas iniciales, y esos miedos a lo desconocido. Que lejos la niebla de Sarria recién bajado del tren.

Aproveché las largas horas de viaje para escribir notas en mi cuaderno, dejando que mi memoria rememora anécdotas y situaciones con las que dar forma después a mi diario. Y mira por donde... para poder ahora escribir aquí parte de todo aquello.


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